Amar juntos a Jesús y hacerle amar

En una carta fechada el 26 de abril de 1891, las palabras de Santa Teresa del Niño Jesús nos manifiestan el camino del amor más auténticamente cristiano y el don de santidad más perfecto:

«¡Amemos a Jesús hasta el infinito y de nuestros dos corazones no hagamos más que uno a fin de que sea más grande en amor!».

«En la unión hay todavía dos, en la unidad no hay más que uno”. ¡Sí, no seamos más que uno con Jesús!».

«Ya que nuestro corazón es SOLO UNO, ¡démoselo todo entero a Jesús! Tenemos que caminar siempre juntas, ¡pues Jesús no puede habitar en medio corazón...!».

 

«Amar a Jesús hasta el infinito»

«¡Quisiera amarle tanto...! ¡Amarle como nunca lo ha amado nadie...!». Así se expresa audazmente Teresa, «enamorada por Jesús» y que dice: «Jesús es mi único amor». Su deseo se manifiesta cuando «inundada por un río de paz», escribe la siguiente oración:

«Jesús, no te pido más que la paz, y también el amor, el amor infinito, sin otro límite que tú mismo..., el amor cuyo centro no sea yo sino tú».

Cuando en el acto de ofrenda al amor misericordioso Teresa desea «aceptar tu amor infinito...», entonces se ofrece «como víctima de holocausto al Amor misericordioso». Y así en una ofrenda permanente «quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces».

La oración hace que se le «ensanche el corazón» haciéndole recorrer un «camino de confianza y de amor», «muy recto, muy corto y totalmente nuevo» y con «un gran número de almas pequeñas», «lo único que pedimos es trabajar por su gloria, amarle y hacerle amar... ¿Cómo no van a ser bendecidas nuestra unión y nuestra plegaria?».

Cuando recibimos a Jesús en la Eucaristía tiene que ser un encuentro de amor. Teresa en su primera comunión dice: «¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...! Fue un beso de amor, me sentí amada, y decía a mi vez: os amo me entrego a vos para siempre».

La vida de la comunidad está basada solo en el amor de Dios, «Jesús, que quería hacernos progresar juntas, formó en nuestros corazones unos lazos más fuertes que los de la sangre. Pero a veces, la vida fraterna supone un sacrificio y renuncia a uno mismo con humildad: «Ved qué dulzura, qué delicia convivir los hermanos unidos. Es verdad, y yo lo he experimentado muchas veces, pero esa unión tiene que realizarse en la tierra a base de sacrificios El corazón, al entregarse a Dios, no pierde su cariño natural; al contrario, ese cariño crece al hacerse más puro y más divino».

En medio de los sufrimientos de la vida ella descubre en la Santa Faz que «los lirios entre espinas son los predilectos de Jesús». «¡Es gran amor amar a Jesús sin sentir la dulzura de este amor...!».

 

 ...y juntos hacerle amar

Pero, no le bastará con su amor personal a Jesús. Se lastima de «¡qué pocos corazones encuentra que se entreguen a él sin reservas, que comprendan toda la ternura de su amor infinito!».

De aquí le nacen ansias de enamorada «incandescente», y quiere envolver, «atraer» a la misma corriente del Amor a muchos corazones, para que «sea más grande en amor». Aquí se desvela por qué amar

No le basta el amor de su corazón, quisiera unirlo a una multitud de corazones para más amar a Jesús, «sumergir nuestros corazones en el infinito...». A la vez que engendra el deseo de Jesús en la «noche del amor»: «que sean uno como tú Padre en mí yo en ti».

Su deseo de amar hasta el infinito a Jesús, se transforman en un amor apostólico buscando «amar a Jesús y hacerle amar».

 Lo manifiesta con el símbolo del racimo. En él Teresa, unida e insertada en la Vid, quiere mostrar la unidad de almas en amor a Jesús. «Úneme a ti, Dios mío, Viña santa y sagrada, y mi débil sarmiento dará su fruto bueno, y yo podré ofrecerte un racimo dorado, ¡oh Señor, desde hoy! Es de amor el racimo, sus granos son las almas, para formarlo un día tengo, que huye veloz. ¡Oh, dame, Jesús mío, el fuego de un apóstol nada más que por hoy!».

Entendía la salvación de las almas en su deseo de que amen a Jesús, «trabajemos juntos por la salvación de las almas», y esta misma labor apostólica no tiene más motivo que ser un acto de amor, una «prueba de amor a Jesús». «Trabajemos juntos en la salvación de las almas, no tenemos más que el único día de esta vida para salvarlas y dar así al Señor pruebas de nuestro amor». Esa es la gracia que anhela, ya no solo amar a Jesús «como nadie» sino «hacerle amar todo lo que pueda».

Un «hacer amar a Jesús» juntos. Así lo expresa a sus hermanos «misioneros» haciéndose apóstol con ellos. Así desea que sean los sacerdotes: «¡Tenemos que forjar este año muchos sacerdotes que sepan amar a Jesús...!». Al abate Bellière le declarará esta unidad de corazones que se unen en el de Jesús:

«Hace poco leía en la vida de esta santa: “Un día, al acercarme a Nuestro Señor para recibirle en la sagrada comunión, me mostró su Sagrado Corazón como una hoguera ardiente, y otros dos corazones (el suyo y el del Padre de la Colombière) que iban a unirse y a abismarse en él, y me dijo: Así es como mi amor puro une a estos tres corazones para siempre. Me dio a entender también que esta unión era toda ella para su gloria, y que, por eso, quería que fuéramos los dos como hermano y hermana, participantes por igual de los bienes espirituales. Y como yo le representase al Señor mi pobreza y la desigualdad que había entre un sacerdote de tan gran virtud y una pobre pecadora como yo, me dijo: Las riquezas infinitas de mi Corazón lo suplirán todo y lo igualarán todo”».

Teresa no se conforma con un amor individual, ella «quisiera conquistarle a Jesús corazones». ¿Para qué? Sólo tiene una misión: «hacer amar al Rey del cielo», «hacer amar a Jesús», «queremos formar un concierto con todos los pequeños sacrificios que vamos a hacer por tu amor». ¿Cómo?

 

Atráeme y correremos

«Jesús me inspiró un medio muy sencillo de cumplir mi misión. Me hizo comprender estas palabras del Cantar de los Cantares: “Atráeme, y correremos tras el olor de tus perfumes”. ¡Oh, Jesús!, ni siquiera es, pues, necesario decir: Al atraerme a mí, atrae también a las almas que amo. Esta simple palabra, «Atráeme», basta. Lo entiendo, Señor. Cuando un alma se ha dejado fascinar por el perfume embriagador de tus perfumes, ya no puede correr sola, todas las almas que ama se ven arrastradas tras de ella. Y eso se hace sin tensiones, sin esfuerzos, como una consecuencia natural de su propia atracción hacia ti».

Teresa sabe que en su entrega y abandono total al amor de Jesús ya no «puede correr sola», muchas almas son arrastradas, «correremos» amando juntas a Jesús. Por eso, hay que repetir muchas veces: ¡Atráeme Jesús con tu amor! Atrae mis pensamientos, mis sentimientos, mi voluntad… con tu infinito amor para que quien se encuentre conmigo sea atraído por la ternura tu Amor misericordioso.

 

Amar juntos supone amarse «Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas».

En el Manuscrito C, Sta. Teresa reflexiona sobre el mandamiento nuevo: «Os doy un mandamiento nuevo que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros» (Jn 13, 34).

Le surge una pregunta: «¿Y cómo amó Jesús a sus discípulos, y por qué los amó?». La respuesta no la encontrará en las cualidades naturales de los apóstoles, pues la distancia entre Jesús y ellos «era infinita»»,  sino en el amor, que siendo «infinito-divino» por parte de Jesús, salva misericordiosamente la «distancia».

Una vez más, la luz del Evangelio ilumina a Teresa y madura su «vida de amor», «meditando estas palabras de Jesús, comprendí lo imperfecto que era mi amor a mis hermanas y vi que no las amaba como las ama Dios». Entonces, conocedora de su debilidad exclama: «Tú sabes bien que yo nunca podría amar a mis hermanas como tú las amas, si tú mismo, Jesús mío, no las amaras también en mí». La consecuencia es lógica, «Cuanto más unida estoy a él, más amo a todas mis hermanas».

 

 

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